«Economista e inversor vocacional»
Desde mi más tierna infancia el ánimo ahorrador y la visión estratégica de largo recorrido fueron innatos en mi carácter y fueron marcando mi toma de decisiones hasta la actualidad.
Nunca me he dejado llevar por las modas aunque reconozco que en ocasiones es difícil no ser arrastrado por esa marea que lleva a la gente a vaciar sus bolsillos mes a mes en cosas que realmente no necesitan.
Hace más de una década que invierto en renta variable y si, ya puedo decir con orgullo que he alcanzado la independencia financiera, y no, no puedo decir que soy rico ni que pueda darme la gran vida. Tengo unas rentas pasivas anuales que cubren mis gastos básicos vitales y me permiten un cierto margen para gastos extraordinarios, vacaciones, etc.. Pero nada de lujos, me considero un independiente financiero de clase media.
Muchos os preguntaréis cómo he llegado hasta aquí. Pues mis inicios se remontan a los seis años de edad cuando mi padre decidió asignarme mi primera paga mensual de 25 pesetas. Sin nadie decirme nada, por decisión propia, de cada 25 pesetas que recibía a la semana yo decidía guardar en mi hucha 5 pesetas y las otras 20 las gastaba (normalmente en sobres de cromos).
Mis inicios fueron a base de ahorro. Años más tarde, al entrar a estudiar la Licenciatura de Economía en la Universidad tuve la oportunidad de apuntarme a un curso de bolsa. Había visto películas y sin tener muy claro de qué iba eso de la bolsa, era un mundillo que me llamaba la atención. Se trataba de un curso de análisis técnico impartido por Carlos Doblado, un conocido bróker español. Debo reconocer que me encandiló, me pareció apasionante la idea de ganar ingentes cantidades de dinero trazando líneas sobre un gráfico.
Afortunadamente para mi, en ese momento no era más que un universitario con unos pocos ahorros en el banco insuficientes para comenzar a operar en serio. Además por aquella época los bancos ofrecían unas comisiones prohibitivas a los particulares que quisieran operar en los mercados bursátiles nacionales y era muy complicado invertir fuera de España todo lo contrario que hoy en día donde te puedes abrir una cuenta en un bróker con tu móvil en apenas un par de horas y ya puedes comprar acciones de empresas cotizadas por todo el mundo a muy bajo coste.
El tiempo fue pasando pero nunca dejé de tener ese gusanillo. Terminé la carrera, obtuve la licenciatura que me acreditaba como economista y me lancé al mercado laboral. Debo decir que en el plano laboral mi carrera universitaria fue decepcionante, llena de conceptos teóricos que en mi opinión en su inmensa mayoría no sirven absolutamente para nada en el mundo laboral. Sin embargo en mi vida inversora si que me han sido muy útiles los conocimientos adquiridos en la carrera en materia de contabilidad (balance de situación, cuenta de resultados, estado de flujos de caja, matemáticas financieras, ratios de rentabilidad, etc.) y de hacienda pública (IRPF, impuesto de patrimonio, etc.).
La carrera de Económicas o ADE no te enseña a ser inversor pero sí que te da unos conocimientos que ayudan mucho.
Durante la carrera tuve oportunidad de trabajar en prácticas en varios bancos y una vez concluí la misma cursé un Máster de un año en otra ciudad. Al contrario de lo que me pasó en la carrera, el Máster me pareció apasionante, todo lo que allí nos enseñaban tenía vertiente práctica y además los compañeros que tuve eran gente muy interesante y de edades muy diversas, desde recién licenciados como yo hasta directivos maduros con una amplia trayectoria profesional. Creo que la mejor decisión académica que he tomado en mi vida fue cursar ese máster. Además por primera vez me fui a vivir solo a otra ciudad. Por primera vez en mi vida me sentía adulto, libre y completamente responsable de mis actos. Durante ese año compatibilicé el máster con trabajos en prácticas en los que disfruté mucho.
Tras finalizar el máster regresé a casa y no tardé en encontrar un trabajo que no me gustaba nada pero en el que gané algo de dinero y fue ahí cuando comencé a hacer mis primeras compras en bolsa. Comencé haciendo trading a base de análisis técnico de gráficos tal y como me habían enseñado en aquel curso en la universidad. Aun me acuerdo lo feliz que me sentí al sacar una plusvalía de 300 euros en una compra-venta de acciones de Ebro Foods. Me sentía como Gordon Geko en Wall Street, como Leonardo di Caprio en Titanic, el rey del mundo.
La cosa no iba nada mal, no se si era pura suerte o realmente se me daba bien. Creo que fue más lo primero que lo segundo. Y como las cosas me iban bien quería aprender más y ser mejor inversor, comencé a comprar y devorar libros de trading y también a buscar información en Internet y es así como llegué a un blog de un tal Don Dividendo en el que hablaba de cosas como la «Independencia Financiera» y «vivir de los dividendos«. Recuerdo que en una tarde me leí todas las entradas de su blog. Ese día cambió mi vida. Ese día descubrí lo que inconscientemente venía buscando desde mi infancia, una manera de obtener ingresos pasivos.
A raíz de ahí mi mentalidad respecto a la bolsa dio un giro radical. Ya todo tenía sentido. Dejé de especular en bolsa para convertirme en un inversor. Dejé de comprar y vender acciones en base a pintar líneas en un gráfico y comencé a estudiar las cuentas y el negocio de las empresas. Este estudio me permitía saber en lo que estaba invirtiendo.
El conocimiento adquirido durante la carrera me facilitó acelerar el proceso de aprendizaje pero aun era insuficiente. Estos conocimientos me ayudaban a interpretar los estados contables de la empresa, es decir, me permitían saber si una empresa va bien o no, por donde tiene problemas, qué rentabilidad tiene, etc. Cosas muy importantes pero aun me faltaba una cosa muy importante, aprender de alguna manera a valorar la empresa para saber si en función de sus cuentas está cotizando cara o barata. Es por ello que volví a lanzarme a Internet a buscar información y es así como llegué al concepto de inversión «value» y «fundamental». Conocí varios blogs donde pude aprender mucho y devoré muchos libros que consolidaron mis conocimientos.
A partir de ese momento ha pasado algo más de una década en la que he ido formando mi cartera de acciones. Año tras año he destinado parte de mis ahorros en la compra de acciones pero también he ido reinvirtiendo la totalidad de los dividendos que mi cartera iba generando. Albert Einstein decía que el interés compuesto es la fuerza más poderosa de la galaxia y tenía razón. Conforme pasan los años y uno sigue constante en esta estrategia el efecto bola de nieve comienza a ser notable cada ver con más fuerza. Conforme voy invirtiendo y reinvirtiendo, más rápidamente aumentan los dividendos que voy recibiendo y llega un punto en el que mi cartera se convierte en una maquinaria perfectamente engrasada que parece funcionar sola.
He cometido muchos errores por el camino pero de todos ellos he aprendido y me han hecho mejorar como inversor.
Escribo estas líneas durante las Navidades del año 2020 en plena pandemia mundial. Este año he aprendido muchas cosas tanto a nivel personal como inversor. En el mes de enero las bolsas mundiales cotizaban en máximos históricos, mis dividendos parecían a prueba de bombas, mi plan parecía no tener fisuras y de repente llegó un virus que ha arrasado millones de vidas y la economía mundial. En el mes de marzo las bolsas de todo el mundo se hundieron, muchas empresas recortaron o cancelaron sus dividendos. Y de repente los cimientos de mi plan de vida parecían tambalearse.
En marzo y abril vi empresas de gran calidad cotizando a precios ridículos. Pero decidí ser firme en mi estrategia y aproveché para comprar aunque confieso que cada vez que hacía clic en el botón de «comprar» un escalofrío recorría mi cuerpo, mi mente entraba en conflicto con mi corazón.
Este año he evolucionado mi estrategia de inversión. Por poner un ejemplo cuando comenzó la pandemia tenía acciones de IAG. El día que compré IAG era consciente de que estaba comprando una empresa cíclica que cuando llegan crisis le va a afectar más pero lo asumía ya que dentro del sector es una empresa líder de calidad. Sin embargo en el momento en que compré IAG no contaba con la posibilidad de una pandemia mundial que dejara más de un año la mayor parte de su flota de aviones en tierra.
En el caso de IAG tuve el reflejo de desprenderme de mis acciones bastante rápido y pude salir antes de que se anunciara la ampliación de capital, asumiendo eso sí unas pérdidas que dolían. La moraleja que me deja esta operación es que aun cuando tu tesis de inversión sea perfecta y no te hayas equivocado puede suceder algún acontecimiento externo que la tire por tierra.
Siempre pueden suceder acontecimientos imposibles de prever que arruinen una inversión a priori bien hecha. Pero aun así yo como inversor debo tratar por todos los medios de minimizar esa posibilidad. Es por ello que esta pandemia me ha llevado a ser más escrupuloso a la hora de elegir las empresas en las que invertir, ahora además de buscar empresas con buenos fundamentales busco «negocios esenciales» bajo cualquier circunstancia. Probablemente alguno pensará que cuánto más esencial, seguro y previsible es un negocio menor será su potencial de crecimiento y menor será la rentabilidad inicial de sus dividendos y en la mayoría de los casos está en lo cierto. Pero mi cartera de acciones ha llegado a una fase en la que mi prioridad ya no es obtener más rentabilidad sino que los dividendos que obtengo sean más estables y no me den sustos.
Para finalizar mi presentación voy a exponer la razón de ser de este blog. Básicamente compartir mi conocimiento. Como ya he comentado en el inicio soy inversor vocacional. Es por ello que en este blog voy a compartir tesis de inversión analizando empresas que me resulten interesantes.
